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Los últimos días de marzo del 2015 las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo vieron agua caer del cielo. Por fin, luego de varios años en los que la sequía se hace mas evidente, las lluvias de la alta cordillera bajaron por los cauces naturales para renovar la tierra, las plantas, las cosechas y todo el ecosistema.

Sin embargo lo que la naturaleza nos entrega para vivir la industria extractiva lo convierte en destrucción. La Megaminería hizo de los valles del norte un vertedero, instalando sus plantas junto a los cauces de los ríos. Ahí en las quebradas, se ubican pueblos, ciudades y también las grandes faenas extractivas. Sus desechos, ubicados en los tranque de relaves, incluyen metales pesados como Arsénico, Mercurio, Cadmio, Plomo, Cobre y en algunos casos, Cianuro, los que son causantes de graves enfermedades, entre ellas el cáncer. Con las lluvias de la Alta Cordillera, los principales ríos del norte bajaron cargados con barro y material tóxico de tranques de relaves mineros, los cuales colapsaron (el caso de Relave Horschild, Copiapó) arrastrando asu paso localidades enteras como fue el caso de Chañaral, Tierra Amarilla o Copiapó.

Relave instalado en la Quebrada de Los Choros. Planta Minera Nicolás Yaber Sociedad Explotadora Minera Ra Ltda. Representante legal: Jorge Yaber Fernández

En nuestro territorio, las lluvias no fueron tan intensas como en las comunidades de más al norte, a pesar de haberse cortado el camino de ingreso hacia Los Choros, el daño no fue tan lamentable. Sin embargo la preocupación sobre los relaves abandonados y la dispersión del material tóxico es igual de importante. En la comuna de La Higuera existen 30 relaves de los cuales los mas preocupantes están ubicados
en la cabecera de la Quebrada de Los Choros. Es más, existen tranques de relaves activos y abandonados que contaminan permanentemente a través del material disperso en el aire y el drenaje del veneno hacia las napas del acuífero. Es el caso del relave abandonado de la Mina “Santa Dominga”, el más cercano a las localidades y ubicado en medio de la quebrada.

Esta tragedia no es una catástrofe de la naturaleza, es un problema sanitario responsabilidad de la minería. El paraíso minero que el Chile Neoliberal construyó para la inversión capital extranjera y nacional, ha colapsado y hoy muestra su cara más cruda. En Chile existen más de 600 tranques de relave catastrados, de los cuales 214 están activos, 244 inactivos y 143 no presentan información ya que se encuentran abandonados. Solo en la región de Atacama son 91 relaves abandonados, concentrándose la mayoría en las cercanías de Copiapó y Tierra Amarilla, donde luego de las lluvias, las personas que trabajaron en la limpieza sentían picazones en su cuerpo y en los pies, producto del material tóxico de relaves que venía con el barro. Una vez seco el barro, el aire contaminado hace inhabitable las zonas afectadas. A pesar de la presión de organizaciones ambientales y de la propia población con respecto a los peligros del escurrimiento tóxico de relaves”, El Estado y los empresarios, los responsables, han llamado a la calma, desentendiéndose de los estudios que confirman los riesgos.

Parece ser tanto el dinero que la minería genera para estas personas, que se ignora cualquier peligro para la población y es la población misma la que por necesidad o comodidad paulatinamente ha ido aceptando esta lógica de abuso: buenos sueldos a cambio de la precarización de la calidad de vida, una lenta agonía cotidiana. Tenemos certeza de que esta tragedia no es una catástrofe natural, sino consecuencia de la ocupación capitalista del territorio. La planificación y construcción del entorno industrial y urbanístico en función del sistema productivo -en el sur, las araucarias se quemaron a vista y paciencia de las autoridades-. Un sistema en esencia antinatural, inhumano, que mostró su lado más despreciable en el caso de un container con trabajadores encerrados que murieron por la codicia de unos pocos. Tanta es la arrogancia humana que engendra este capitalismo devastador que hasta un río artificial construyeron las autoridades regionales en Copiapó. El Parque Kukary es simbólicamente una venda a nuestros ojos, un sedante para que como personas -consumidores- nos mantengamos alejados de las preocupaciones reales, de las decisiones respecto de nuestras vidas como la salud y la vivienda.

Las soluciones del gobierno, comienzan y terminan en la continuación de la normalidad capitalista, partiendo por la protección sagrada a la propiedad privada. La intervención militar y estatal a través del “estado de excepción” tiene como principal objetivo resguardar las mercancías y bienes de los supermercados, y las grandes tiendas. Ya lo vimos en Valparaíso, Antofagasta y recientemente en Los Lagos con la erupción del Volcán Calbuco. Esta intervención nada tiene que ver con las formas sociales de ayuda o con solucionar las necesidades básicas de los y las afectadas. Recordemos que la Onemi, un servicio fantasma que en rigor pertenence al Ministerio del Interior, el cual se ha mostrado absolutamente inoperante en materia de “catástrofes”, pero completamente equipada, lista y dispuesta para ejercer la represión -fuerzas de orden, montajes policiales, inteligencia y vigilancia-, como medio de obstaculizar e impedir la organización y la solidaridad espontánea. Lamentablemente el modus operandi que vemos en cada crisis social del último tiempo en Chile, obedece a una “doctrina del shock”, manifestada en una perversa intervención militar-capitalista, que norma una sociedad “civil” vigilada y controlada que nada sabe hoy de la libertad.

Esta vulnerabilidad a la que estamos expuestos hoy, nos permite ver cada vez con mayor claridad que estamos frente a una intensificación del Neoliberalismo. Por un lado el Estado -independiente del partido- actúa cada vez más represivo, respaldando la devastación forestal, minera y capitalista. Por el otro, el empresariado insaciable, sin ninguna ética no duda en enriquecerse a costa de las comunidades, saqueando los territorios incluso en situaciones de crisis. Sin duda que es difícil desenredar el entramado que han construido con astucia quienes detentan el poder, es duro también ver la realidad así como es, sin el filtro de los medios oficiales que día a día moldean la opinión pública. Sin embargo tenemos la convicción de que para recuperar nuestras vidas tenemos que perder el miedo, socializar las problemáticas, conocernos, conversar. A través de la organización conjunta de las comunidades podremos establecer los parámetros propios respecto de la vida que queremos construir.

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